lunes, 6 de abril de 2009

ENTREVISTA A UN INDIGENTE


La maestra de Desarrollo Humano me dejó la tarea de entrevistar a un indigente. De hecho el trabajo no me agradó mucho, pues no me gusta tratar con este tipo de personas, pero había que hacerlo, así que libreta en mano me propuse cumplir con ella.
La idea era entablar una conversación del tipo secundario; ya fuera en la periferia o en el centro de la intimidad para conocer un poco más de ellos y por lo menos tratar de entenderlos y conocer los motivos del porque vivir en la calle y tenerla como hogar. No fuè difícil encontrar uno. Es una persona alta, de piel morena y largas barbas entrecanas que merodea por las Oficinas de Gobierno de Irapuato, cerca de mi casa; con bastón en mano. Me acerqué a él pensando como iniciar una conversación. Fuè cuando lo olí, porque primero lo olí. Un inconfundible olor de aquel que no se ha bañado en meses. El tipo se sentó en una de las jardineras que adornan este edificio, me senté cerca de él. Se me quedó mirando, cruzó la pierna un par de veces, y empezó a rascarse las pantorrillas, de una manera un poco frenética. Estaba atento a lo que hacía. Lo miraba de reojo, no sabía como hacer contacto visual con él. Empezó a hacer ruidos con algo que no me fijé para ver que era, pero seguí listo para cualquier cosa. Uno nunca sabe, de veras que uno nunca sabe que pueden hacer, así que ya no sabía que pensar, ni como actuar. Estaba estresado por la situación, el tipo se acostó en las bancas, en algún momento. Fuè cuando establecimos un contacto visual. Dijo algo, y me sorprendió que dijera algo por un momento, creí que no sabía ni hablar.
-Dígame como se llama señor- le pregunté.
-Santiago-me contestó
-¿Y porque vive en la calle?
Santiago no me dijo nada. Se quedó pensativo. Parecía como si estuviera drogado con cemento o tiner, o algo peor.
-No estoy drogado- me dijo como si leyera mis pensamientos.
Y empezó a platicarme acerca de los días lluviosos de las ultimas semanas como si se hablara él mismo.
Al final solo acertó a preguntarme- ¿No tienes una moneda?.
Metí la mano al pantalón y le di una moneda de cinco pesos que traía.
-Tenga- le dije.
-Gracias- contestó mientras la tomaba, se levantó y se fuè.
Es extraño… Me sentí mal. ¡Que lástima que existan estas personas!, que no dejan de ser seres humanos, muchos de ellos nunca han cometido un delito, pues su único delito más grande es ser rechazados, marginados y estigmatizados. Ojalà se les brindaran mas oportunidades, y los que aún no llegamos a esas condiciones, no tratemos de calmar nuestras culpas con una moneda como lo hice en ese momento. Ahora la tarea es doble: primero, que decirle a la maestra después de este fallido dialogo, pues solo logré una comunicación primaria del tipo exterior de la personalidad fallando en mi intento de lograr algo más profundo para impresionar a mis compañeros de grupo y segundo, cómo ayudar este grupo de personas que carecen de medios de sostenibilidad y solo sobreviven por obra y gracia de dios…

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